Existen escritores complacidos y escritores incómodos en su propia piel, escritores cínicos y escritores de candorosa rectitud, escritores mefistofélicos y escritores angelicales, escritores aquiescentes y escritores de la negación drástica; escritores funéreos y escritores de celeste vitalidad. [...] Ahora bien, en todos y cada uno de los casos, de sus obras exhala un perfume: de amargura o de beatitud, de rencor o de simpatía hacia el mundo. Aunque esa exhalación, en definitiva, no pueda suponer más que un homenaje para la vida y los hombres, porque no hay obra sobre la tierra que no represente un canto a la aventura humana. Por más que un artista se proponga el descrédito y la abominación de la existencia, sus injurias poseen substancia de rezo. Se quiere demoler, pero no se puede: el arte constituye siempre un añadido, una edificación. Se aspira a mostrar repugnancia, pero se manifiesta la pasión del amor decepcionado. El desencanto representa una forma melancólica de la euforia. El ser humano, en definitiva, no tiene más capacidad que la de testimoniar su grandeza y su locura.