Mi querida Eva, de Gustavo MartÃn Garzo
Puede que tuviera razón y que el reino del amor no fuera sino el luminoso reino del sentido común. «Es el cielo el que debe juzgar a la tierra y no al revés», eso decÃan todas las novelas del mundo. Y bastaba con mirar a Eva para darse cuenta de que eso era lo que hacÃa. ¿Qué habÃa más razonable que subirse al tejado para recuperar un balón, o hacerse cargo de la pierna ortopédica de Óscar el Cojo mientras éste se iba a bañar? Alguien tenÃa que hacerlo porque si no, al momento, tenÃas allà como moscones a todos los niños de la piscina. «Hay que amar las cosas sin esperar entenderlas», ésa era la enseñanza que sacabas de sus actos.












