Somos tribu. Devoradores de emociones en busca de palabras salvajes, animales de la palabra, rastreadores de magia.
Yo no sé de éxito o fracaso, ni entiendo qué es ser una persona de provecho. Yo entiendo de cosas que laten en mà más allá de las venas, y bombean dentro, en lo profundo y cierto. Como si echara de menos algo que nunca tuve. Yo necesito momentos para mÃ, para quedarme conmigo: como cuando nado, o monto en moto, cuando estoy concentrado sin estarlo, como cuando me caigo del mundo escuchando música... como cuando leo.
Yo nunca estoy solo: en el autobús, en mi habitación, yo no estoy solo, tengo palabras que salvan. Palabras que encuentro en una novela, en un relato, en el libreto de un CD, en un anuncio de televisión, palabras de amor en mi móvil, en el Messenger, aquella carta que me nombra, el mundo a un clic de mis dedos en mi pc, mensajes en una servilleta, en una camiseta, palabras en el muro a la vuelta de la esquina que me llaman, me atrapan y se instalan para siempre.
Somos tribu, guerreros de la memoria valientes e inquietos, y en nuestras manos sostenemos el tiempo y el poder del viaje instantáneo. Porque leer es recorrerse a la deriva y tenemos hambre de caminos. Porque leer es zambullirse en busca del reflejo de la luna o volar sin motor hacia los que están lejos. Lectoras y lectores, pilotos o buzos, somos tribu.
Somos tribu, y la letra, con sangre... nos da asco. Quiero leer sin más motivo que leer, para ser un poco más persona, una persona que se parezca lo más posible a mÃ. Leer para perder inercia, para ganar inquietud. Cuando abro un libro tengo la impresión de que se está escribiendo mientras yo lo leo y, escritor ocular, me siento más y más grande. Porque la verdad estará en los números, pero el secreto en las palabras.