citas
Me contó que Marcelo había defendido que ardorosamente que a él le parecía mucho más real Macondo que Bratislava, por el mismo motivo por el que había estado una semana entera en Vetusta, pero que moriría sin conocer Oviedo salvo que sucediera un milagro. [...] Tomás, con la misma sonrisa ausente con que nos explicaba a Cristina y a mí los platos que descubría con David, me contó que Marcelo se había superado a sí mismo explicándoles cómo era Opar, la ciudad perdida en la jungla africana que guardaba en sus criptas los tesoros de la Atlántida, donde Tarzán dejó de saber quién era, y que la mujer maravillosa había estado apasionadamente de acuerdo con él en que era mucho más interesante cualquiera de las ciudades invisibles de Italo Calvino que Kisangani, Bangalore o Cochabamba, aunque tuvieran nombres muy bonitos. "Desde que leo tanto me mareo un poco -había concluido Marcelo-, pero tengo la sensación de que puedo abarcar el mundo entero en la palma de la mano."
por aLberto y el mar, el 03 de Diciembre de 2009 a las 08:31am
Adrian Troadec comprendió que Alma Trapolyi corría después de los conciertos porque necesitaba tomar algo dulce tras el esfuerzo físico y la tensión desplegada durante ellos.
Adrian Troadec lo supo entonces: la conquistaría con dulces chocolates.
¿No es eso la adolescencia, después de todo? Un estiramiento inhumano y antinatural y dañino de la niñez. Un disparar los últimos cartuchos antes de ingresar en la vejez. Sólo que algunos cabezotas nos encariñamos con ella y, terminados los cartuchos, cargamos con la bayoneta, y luego, cuando ésta se rompió, fuimos a la carga con la culata, y luego con las manos, y luego con el culo y luego con los dientes. Con lo que hiciera falta. Sin aceptar la derrota, estúpidamente. El cuerpo de la gallina que sigue correteando tras el descabezamiento y aún no le ha llegado la información de que Ya No. Eh, Tú, Que Ya Está. La cola de lagartija, enzarzada en una nueva victoria pírrica y quizás, seguro, inútil. Ahí, sobreviviendo sin futuro.
Ahí, bailando.
Existen escritores complacidos y escritores incómodos en su propia piel, escritores cínicos y escritores de candorosa rectitud, escritores mefistofélicos y escritores angelicales, escritores aquiescentes y escritores de la negación drástica; escritores funéreos y escritores de celeste vitalidad. [...] Ahora bien, en todos y cada uno de los casos, de sus obras exhala un perfume: de amargura o de beatitud, de rencor o de simpatía hacia el mundo. Aunque esa exhalación, en definitiva, no pueda suponer más que un homenaje para la vida y los hombres, porque no hay obra sobre la tierra que no represente un canto a la aventura humana. Por más que un artista se proponga el descrédito y la abominación de la existencia, sus injurias poseen substancia de rezo. Se quiere demoler, pero no se puede: el arte constituye siempre un añadido, una edificación. Se aspira a mostrar repugnancia, pero se manifiesta la pasión del amor decepcionado. El desencanto representa una forma melancólica de la euforia. El ser humano, en definitiva, no tiene más capacidad que la de testimoniar su grandeza y su locura.
No podemos vivir eternamente/
rodeados de muertos/
y de muerte./
Y si todavía quedan prejuicios/
hay que destruirlos/
“el deber”/
digo bien/
EL DEBER/
del escritor, del poeta, no es ir a encerrarse cobardemente en un texto, un libro, una revista de los que ya nunca más saldrá, sino todo lo contrario salir afuera/
para sacudir/
para atacar/
a la conciencia pública/
si no/
¿para qué sirve?/
¿Y para qué nació?
La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser mientras el humor los consuela de lo que son.
"En cierto sentido", dijo Olga Tere, "un escritor es el que da la luz, un lector el que la ve y un crítico literario el que la apaga". De la literatura habíamos pasado a los vatios, como de costumbre.
LEER es como recorrer una casa con muchas habitaciones. Unas llevan a las otras y ésas a algunas más lejanas, pero todas están comunicadas entre sí. Leer es aprender a recorrer esa casa enorme, a no extraviarse en ella, a saber en qué habitaciones nos gustaría permanecer largo rato, en cuáles no queremos entrar o de cuáles haremos nuestra propia casa durante una temporada.
Algunos aprecian la coherencia o congruencia como una prueba de honradez en la conducta o como una garantía de verdad en el razonamiento, pero, al cabo, tiene un punto de vanidad estética: vale poco más que la rima, pero es mucho más peligrosa.
¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales.