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Sobre la palabra LEER, por Rubén Castillo

Hay gente (demasiada gente, quizá) que usa las palabras sin llegar a reflexionar sobre ellas. Que se las pone en la boca como quien se pone una camisa sobre el cuerpo o como se calza unos zapatos. Aunque, pensándolo bien, la comparación que he usado quizá no sea la mejor, porque esas personas que no piensan en las palabras sí que se preocupan de que el color de la camisa combine con los pantalones, o de que los zapatos que se calza no estén desagradablemente sucios.

Es curioso y significativo. Dedicamos más tiempo a pensar en lo que nos ponemos por fuera que a meditar sobre lo que sacamos de nuestro interior y proyectamos hacia los demás. Y las palabras forman parte de este último grupo.

Por eso me parece que es bueno, de vez en cuando, detenerse sobre las palabras, y pensar en lo que significan.

Y hoy me detengo en la palabra "Leer". Yo creo que existen pocas palabras más sostenidamente hermosas que la palabra "leer". Todas sus acepciones, si nos fijamos un poco, nos llevan a significados positivos. Se habla de leer libros, y pensamos en alguien culto; se habla de leer las estrellas, y pensamos en alguien que busca respuestas en el firmamento; se dice que un entrenador "ha leído" bien un partido, y eso significa que ha organizado inteligentemente a sus jugadores, y que ha ganado de esa forma el encuentro; se habla de "leer entre líneas", y sabemos que nos estamos refiriendo a alguien perspicaz y que advierte los significados escondidos de las cosas. Démonos cuenta: no hay casi nunca matices negativos en la palabra "leer".

Un premio como el Mandarache, donde se invita a los jóvenes a que lean y a que opinen sobre lo leído con entera libertad, es un auténtico lujo. Un lujo infrecuente. Una lección de dignidad, cultura y democracia. Y por eso me gustó implicarme en este proyecto desde sus inicios. Porque se trataba de decirles a personas muy jóvenes: "Tomad"; y darles unos libros; y dejar que los leyeran solos, que los meditaran solos, y que ejercieran su legítimo derecho a manifestar sus opiniones sobre ellos. Con sus palabras, con sus sentimientos, con sus razones, con sus discrepancias, con su joven y hermosa libertad. El premio Mandarache intenta (y lo está consiguiendo, convocatoria tras convocatoria, tenazmente, contra viento y marea) crear almas libres, abiertas, lúcidas y capaces de caminar por sí mismas. Es un premio donde se regalan ventanas para respirar y puertas para abrir.

¿Qué se puede hacer ante una iniciativa de esa magnitud, salvo ponerse en pie y tributar nuestro aplauso?

por Rubén Castillo Gallego

Es curioso y significativo. Dedicamos más tiempo a pensar en lo que nos ponemos por fuera que a meditar sobre lo que sacamos de nuestro interior y proyectamos hacia los demás. Y las palabras forman parte de este último grupo.

Por eso me parece que es bueno, de vez en cuando, detenerse sobre las palabras, y pensar en lo que significan.

Y hoy me detengo en la palabra "Leer". Yo creo que existen pocas palabras más sostenidamente hermosas que la palabra "leer". Todas sus acepciones, si nos fijamos un poco, nos llevan a significados positivos. Se habla de leer libros, y pensamos en alguien culto; se habla de leer las estrellas, y pensamos en alguien que busca respuestas en el firmamento; se dice que un entrenador "ha leído" bien un partido, y eso significa que ha organizado inteligentemente a sus jugadores, y que ha ganado de esa forma el encuentro; se habla de "leer entre líneas", y sabemos que nos estamos refiriendo a alguien perspicaz y que advierte los significados escondidos de las cosas. Démonos cuenta: no hay casi nunca matices negativos en la palabra "leer".

Un premio como el Mandarache, donde se invita a los jóvenes a que lean y a que opinen sobre lo leído con entera libertad, es un auténtico lujo. Un lujo infrecuente. Una lección de dignidad, cultura y democracia. Y por eso me gustó implicarme en este proyecto desde sus inicios. Porque se trataba de decirles a personas muy jóvenes: "Tomad"; y darles unos libros; y dejar que los leyeran solos, que los meditaran solos, y que ejercieran su legítimo derecho a manifestar sus opiniones sobre ellos. Con sus palabras, con sus sentimientos, con sus razones, con sus discrepancias, con su joven y hermosa libertad. El premio Mandarache intenta (y lo está consiguiendo, convocatoria tras convocatoria, tenazmente, contra viento y marea) crear almas libres, abiertas, lúcidas y capaces de caminar por sí mismas. Es un premio donde se regalan ventanas para respirar y puertas para abrir.

¿Qué se puede hacer ante una iniciativa de esa magnitud, salvo ponerse en pie y tributar nuestro aplauso?

Rubén Castillo

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Qué poderío tiene este hombre que firma estas palabras. ¡A las barricadas, mandarachinos! ¡Vamos a arrancarle el hígado a todas las palabras que se pongan a tiro!

Me paré en lo de matiz negativo, y pensé en "leer la cartilla". Leer como recordatorio de nuestras obligaciones y esclavitudes.

Imagen de aLberto y el mar

Es verdad, no lo había pensado. ¿habrá alguna más? mmmmmm

 

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