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Palabras de Gustavo Martín Garzo al Premio Mandarache

Julien Green escribió que la imaginación es la memoria de lo que no sucedió nunca; y nosotros añadimos, pero debió suceder. Es un acto de rebeldía frente a esa realidad cotidiana que impone a los hombres una manera de vivir y de comportarse que nada o casi nada tiene que ver con lo que de verdad desean o son. La imaginación es como ese doble enmascarado que en los relatos de aventuras abandona el ámbito de seguridad de la casa y se escapa aprovechando la noche por los tejados. Nos promete el mundo de las ventanas iluminadas, de los tesoros que brillan en la oscuridad, de los amores prohibidos. Es decir, todo lo que sin duda merecimos pero no llegamos a tener.
Queridas autoridades,
queridos organizadores del Premio Mandarache
queridos profesores y amigos
queridos chicos y chicas de Cartagena:
En primer lugar, tengo que agradeceros este premio tan inesperado como hermoso. Es un premio que me llena de orgullo pues sois vosotros, los jóvenes lectores, quienes lo dais. Y eso quiere decir que mi libro ha logrado vivir en vuestro corazón. Es decir, que no os habéis limitado a pasar distraídamente por sus páginas, sino que habéis disfrutado de él y lo habéis recreado en vuestros pensamientos.
San Agustín pensaba que hay una diferencia entre usar y disfrutar. En su opinión, debemos usar todo lo que existe en el mundo, utilizarlo, pero sólo para aproximarnos a Dios, ya que sólo él merece ser disfrutado. San Agustín pensaba que nuestra vida apenas importa, pues no es sino un camino para llegar a esa otra vida que sólo Dios puede revelarnos.
Hoy sabemos que no hay más vida que ésta, la que tenemos en el mundo. Pero es importante saberla disfrutar, y creo que los libros nos ayudan a hacerlo. Disfrutar del mundo es diferente a usarlo. Es querer que sea otra cosa, más de lo que es. Es aspirar a que el cielo y la tierra no estén separados. John Keats, el gran poeta inglés, dijo que había que vivir con los pies en el jardín y los dedos tocando el cielo, y es lo que nos enseñan los grandes poetas. Todos los que amamos los libros sabemos que no leemos tratando de ser mejores, sino para ser más o para ser de otra forma. Es decir, que al leer un libro lo que esperamos encontrar en él es nuestra propia vida. Pero ¿sabemos lo que es nuestra vida? No, no lo sabemos. Aún más, no queremos tener una sola vida sino muchas vidas. Y los libros hablan de nuestros deseos. Me sorprende que en los colegios se ponga tanto empeño en que los niños lean, porque los cuentos no tienen nada que ver con la educación. No le dicen al niño que sea obediente, sino que sea atrevido y curioso. Casi todos los cuentos son posibles porque el niño o la niña que los protagonizan no hacen lo que les dicen. Caperucita se detiene a hablar con el lobo y elige el camino más largo para ir a la casa de su abuela, porque le maravilla todo lo que encuentra; y la esposa de Barba Azul sólo vive para robar la llave a su marido y descubrir el enigma del cuarto cerrado y el mundo está lleno de caminos extraños y cuartos cerrados, que no son sino esas preguntas que no podemos dejar de hacernos, porque contienen la clave de lo que somos. Por qué existe el dolor y la alegría, por qué existe la injusticia, por qué nacemos y por qué tenemos que morir, por qué fueron creados los elefantes, los ríos, el ámbar o las estrellas. Casi todas estas preguntas carecen de respuesta, pero lo cuentos hacen que sigan vivas en nuestros corazones y así nos ayudan a vivir.
Pues el que pregunta quiere saber, descubrir algo, y la imaginación es la facultad que nos permite abandonar el territorio de lo conocido y lo previsible e internarnos en el vasto campo de lo posible. Emily Dickinson dijo que la poesía es una casa encantada. Eso son los cuentos, la Casa de la Posibilidad. Lo bueno de contar un cuento a un niño es que creamos un lugar nuevo, un lugar donde podemos tener una segunda vida. No creo que ninguno de nosostros fuera gran cosa sin esa segunda vida que sólo nos entregan a los sueños.
Julien Green escribió que la imaginación es la memoria de lo que no sucedió nunca; y nosotros añadimos, pero debió suceder. Es un acto de rebeldía frente a esa realidad cotidiana que impone a los hombres una manera de vivir y de comportarse que nada o casi nada tiene que ver con lo que de verdad desean o son. La imaginación es como ese doble enmascarado que en los relatos de aventuras abandona el ámbito de seguridad de la casa y se escapa aprovechando la noche por los tejados. Nos promete el mundo de las ventanas iluminadas, de los tesoros que brillan en la oscuridad, de los amores prohibidos. Es decir, todo lo que sin duda merecimos pero no llegamos a tener. Santa Teresa la llamó la loca de la casa, pero su misión está llena de sentido común. Hacer que la realidad vuelva a ser deseable, y que los deseos se hagan reales. En definitiva, que eso que llamamos lo real no pueda existir sin el anhelo de lo verdadero.
Gustavo Martín Garzo
Cartagena
16 de mayo de 2008

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