El libro, el hermano, el amigo, por Antonio Parra
Un libro es un hermano, tal vez el mejor amigo que cualquiera pueda tener, o al menos el amigo más fiel: nunca tendrá un compromiso anterior que le haga darnos plantón, nunca va a estar ocupado si le necesitamos, y nunca protestará le llevemos donde le llevemos, incluso aunque no podamos abrir sus páginas durante algún tiempo.
Pocos amigos pueden presumir de tamaña lealtad, si las cosas nos van bien, ahí estará él para compartir nuestra alegría, si por el contrario sentimos que el cielo se nos viene encima, él también estará a nuestro lado para construir una cúpula de palabras, de sentimientos, vivencias e historias, que nos proteja del cataclismo. Es difícil encontrar generosidad más desprendida.
Leer nos hace libres, nos hace más críticos, mejores personas, nos permite vivir otras vidas..., todas estas frases, lapidarias y categóricas, absolutamente ciertas, las hemos escuchado o leído en muchas ocasiones, y bien podrían ser parte del credo de la tribu de lectores a la que pertenecemos. Pero podemos añadir todavía otra: leer nos permite hacer nuevos amigos, hermanos en la lealtad y en el secreto a los que estrechamos la mano en el pequeño y magnífico gesto de abrir sus cubiertas o acariciar su lomo.
Cada edición del Premio Mandarache nos trae, como mínimo, a tres nuevos hermanos, a tres amigos más, con lo que cada uno de nosotros puede seguir presumiendo de tener las mejores amistades del mundo. Y no importa que los demás, los ajenos a la tribu, nos miren como si nos hubiera poseído una fuerza superior, no es más que envidia, envidia porque no llevan un amigo consigo, envidia por todas las vidas que no conocen, envidia por todos los espíritus de los que nunca van a poder disfrutar. Esa fuerza superior es un privilegio, y una vez que nos alcanza, se instala en nuestras almas para siempre, así que nada mejor que enorgullecerse por ello.
Disfrutemos de nuestra identidad de lectores, los hijos del coronel Aureliano Buendía, el alma de "Cien años de soledad", portaban en su frente una cruz de ceniza que los hacía reconocibles, quienes amamos la lectura también llevamos una marca especial, indeleble, en nuestra mirada, que nos sirve para reconocernos, que es el pasaporte necesario para pertenecer a esta tribu. Lo mejor de todo es que esa marca sirve también para contagiar a los demás, para incorporar a nuestro lado a nuevos pobladores, a todos aquellos que no soportarían la existencia sin un libro al lado, a todos aquellos que no permiten que pase un solo día sin leer.
Antonio Parra Sanz










