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Leer es peligroso

Ricardo Menéndez Salmón, finalista del Premio Mandarache que visitará Cartagena en febrero, titula así un breve artículo en el que reivindica tiempo, tiempo que perder, tiempo para leer.

Frente a la impaciencia, la memoria; frente a la falsa impresión de comunicación de la sociedad contemporánea, la paciencia detenida en las palabras.

Copio y pego el artículo publicado en la revista Tiempo de hoy:

 

Ricardo Menéndez Salmón|Visiones

 

Leer es peligroso

En una sociedad regida por la impaciencia de ver las cosas de manera inmediata, la lectura necesita una defensa.

12/12/08

Kafka, que fue el mayor profeta del siglo pasado y, por tanto, abominó de toda forma de religiosidad organizada, y cuya obra, contemplada bajo la perspectiva del tiempo, se convierte en recipiente privilegiado para entender de dónde venimos y aceptar hacia dónde nos movemos, advirtió con su peculiar pasión por el aforismo que nuestro único pecado real era la impaciencia. Y que por eso, algún día, en un futuro no muy lejano, la lectura correría el riesgo de desaparecer, convertida en una antigua práctica perversa. La gente del nuevo tiempo sentiría ante los lectores un desasosiego parecido al que Agustín experimentó ante Ambrosio al verlo leer en silencio: el desasosiego de lo incomprensible.

La impaciencia es, cada vez más, una obsesión visual; queremos ver una cosa de manera inmediata y después olvidarla. Pero leer requiere paciencia y memoria. Leer requiere esfuerzo. Leer requiere tiempo. El hombre contemporáneo, el homo videns, dueño de una cultura eminentemente visual, cautivo de la prisa, de la histerización del tiempo, ha convertido la ética en cinética. Lo esencial es moverse, no importa hacia dónde ni para qué; lo esencial es la impaciencia: la impresión de comunicación, la impresión de diálogo, la impresión de verdad. Pero seamos serios: ya nadie tiene tiempo que perder. Y la literatura, obviamente, exige eso: tiempo que perder. Por eso a la gente le gusta ver la televisión o el cine que encarnan idiotas morales como Torrente o James Bond. Porque están ante una realidad ya masticada, ya explicada, ya metabolizada. Porque están ante una realidad indiscriminada, que no necesita de traducción.

O sí. Necesita de la traducción de la literatura. Pues la literatura, que por definición es un inmenso fracaso, una abdicación ante los poderes de la realidad, contiene, al mismo tiempo, nuestra única posibilidad de comprensión. El mundo aspira a ser comprendido, pero exige un esfuerzo para el que el ojo solo no alcanza. Los poderes nos hurtan ese esfuerzo a través de la coartada de la imagen, nos regalan valores de verdad que no son tales. Todo gran libro es, en ese sentido, una mala noticia para el poder, pues todo gran libro obliga a mirar de nuevo, a leer con otra lente distinta a la del ojo las imágenes cotidianas. Todo gran libro obliga a interrogarse, a cuestionarse, a hacer arqueología del propio deseo y de los propios miedos. Todo gran libro duele. Y el dolor demanda paciencia, esto es, tiempo.

Alberto Manguel lo explicó con su habitual talento en Una historia de la lectura. Como el populismo quiere que seamos ignorantes señala al libro como un objeto superfluo; como el totalitarismo desea que no pensemos, prohíbe y censura la lectura. En ambos casos, el lector es tomado por un inútil y un delincuente. Populismo y totalitarismo alientan, pues, la aquiescencia, la docilidad, el consumo de narcóticos elementales. El corolario a esta evidencia es que leer se convierte, una vez más, en un acto subversivo, en una actividad peligrosa.

 

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